En los últimos días, el relanzamiento de la Agenda Pro Crecimiento ha vuelto a abrir un espacio para la discusión sobre las fórmulas tributarias más convenientes para optimizar el bienestar de todos los chilenos.
Un tema que no ha sido abordado en forma franca y abierta, es el tema tributario. Por el contrario, recientes discusiones sobre tributación minera, han mostrado la fuerte emotividad con que aún son definidos los asuntos conceptuales más decisivos para el futuro del país.
Según datos del Banco Central, sin minería privada la economía de Chile sería un 20 por ciento más pequeña. Esta cifra debiera disipar cualquier confusión sobre la magnitud del aporte de la minería privada al país.
Pero la propia focalización del tema impositivo en el sector minero, es una muestra de la poca racionalidad con que se ha planteado el tema. Ello, porque los políticos que lo han levantado saben bien que buena parte de la ciudadanía aún tiene un dejo de desconfianza hacia la inversión extranjera, sobretodo en Gran Minería. Y porque también saben que ni los ejecutivos ni los accionistas de estas compañías tiene la sensibilidad, la capacidad de reacción, ni la órbita de relaciones sociales y políticas que tantas veces resulta provechoso para defender intereses en un país como Chile
Pero la realidad es que en los últimos años, la gran mayoría de las industrias que han observado pérdidas (producto de los bajos precios en sus productos o por la natural depreciación que caracteriza a las altas inversiones de capital), casi no han pagado impuestos. Eso ha sucedido en el sector de celulosa, pesca, minería, etc.
Hay una razón lógica para que ello sea así. Sin renta, no pueden haber impuestos a la renta, pues estos significarían una confiscación del capital social (activos productivos).
Pero más importante que lo anterior, es situar el tema de la tributación minera en su real dimensión, aclarando, en primer lugar, que la industria minera no tiene un régimen tributario especial.
Y en segundo lugar, aclarando que lo realmente es relevante para calcular el aporte tributario de una empresa no es los impuestos de un año escogido al azar, sino el “valor presente de los impuestos futuros”, donde la minería privada destaca como una de las actividades más beneficiosas para el Chile del futuro.
De hecho, un informe realizado por la Facultad de Economía de la UC, señala que en el año 2010, a un precio del cobre de 1 dólar la libra, las empresa mineras pagarán cerca de 1000 millones de dólares en impuestos. Y si el precio fuese de 80 centavos, la recaudación sería de 600 millones.
Las tímidas propuestas planteadas para mejorar el sistema tributario chileno, sumado a la pobreza y poca racionalidad del debate sobre la tributación minera, generan una suerte de “miedo colectivo” a realizar propuestas constructivas e innovadoras, sobre temas donde muchos estamos seguros de lo mucho que se puede mejorar al país.
En la próxima columna analizaremos lo fácil y sencillo que sería avanzar en la implementación de un sistema tributario mejor y más competitivo.
Pero desgraciadamente, estimado lector, lo que falta en este país no son buenas ideas, sino falta de voluntad para implementarlas y sacarlas adelante.
Para terminar, quisiera mencionar sólo dos datos menores, pero que en lo personal –como minero- nunca me han dejado indiferentes:
1.- La pequeña y mediana minería, son quizá las únicas actividades productivas que aún teniendo pérdidas, deben pagar impuestos a la renta, producto de un anticuado sistema de renta presunta.
2.- Existe en nuestra sociedad un impuesto que no recauda, pero que busca ejercer una función moralizante: el impuesto a los artículos de oro, recientemente bajado del 67 por ciento a poco más del 30.
En un país donde se supone que cada ciudadano tiene derecho a elegir libremente la forma de vivir y buscar su propia felicidad, este tipo de impuestos “tutelares” no tiene cabida.
Y dado el alto grado de sofisticación de nuestros lujos, así como la masificación del uso de piezas de oro (cuya comercialización –producto de este impuesto- se realiza casi totalmente en la informalidad), no parece ni justo ni inteligente mantener este impuesto, ni siquiera a título de “patrón moral”.