En los últimos tiempos han surgido diversas opiniones sobre la “responsabilidad social de las empresas”. Uno de los problemas principales que ensombrece cualquier debate intelectual en Chile, es la tendencia a rehuir la crítica y el análisis profundo, y ello nos empobrece y limita como sociedad. Intentaremos realizar, con la mayor sinceridad posible, este primer ejercicio de responsabilidad social empresarial.
Antes de comenzar cualquier análisis hay que tener claro que las empresas son parte esencial del tejido social. Las empresas siempre han desarrollado un rol fundamental en el desarrollo económico, social y cultural de toda civilización. Y permiten la existencia y el desarrollo de todos los bienes sociales.
Pero en el último tiempo, ha crecido la idea de que las empresas además tendrían otros tipos de obligaciones: “responsabilidades sociales”
Sin embargo, las empresas son agentes de desarrollo social y económico por definición, y no porque decidan serlo. Su actividad modifica el entorno y afecta las formas de vida de la comunidad a la que se vincula. Lo “social” no es un atributo nuevo añadido al quehacer de las empresas. Pero sí su enfoque.
La principal obligación social de una empresa es ser un negocio productivo. Así cumple perfectamente su rol social.
Del hecho que las empresas cumplan su rol, depende nada menos que el bienestar de la economía, y junto con ello, la subsistencia de las familias y de todas las demás agrupaciones que conforman la sociedad.
Así se ha entendido y así está diseñada nuestra sociedad. La Constitución Política de la República reconoce este principio en su artículo 1°, según los constitucionalistas, el más importante:
“El Estado reconoce y ampara a los grupos intermedios de la sociedad y les garantiza su adecuada autonomía para cumplir sus propios fines específicos”
Esta filosofía permite ver a la empresa como parte integrante del cuerpo social, más allá de sus actuaciones económicas y productivas.
La relevancia de la empresa en la vida de la sociedad y de los ciudadanos es evidente.
¿Qué pasa, por ejemplo, si las empresas no logran ser un negocio productivo, crecer y generar nuevos empleos?.
Es lo que vemos en épocas de crisis. Los trabajadores se ven obligados, para subsistir, a soportar a malos empleadores, a recibir tratos incluso humillantes y muchas veces a realizar funciones que no disfrutan.
Y es un axioma que cuando esas son las condiciones imperantes, no hay forma de disfrazarlas (ni con leyes ni con buena voluntad).
Si no hay progreso, ni creación de riqueza, ni empleos bien remunerados, etc., sirve de muy poco que se regalen mediaguas para las inundaciones o se financie una exposición de pinturas de un pintor desconocido, con cóctel incluido, y se diga que la empresa cumple una gran labor social.
De esta forma vemos que la sola idea de responsabilidad empresarial contiene la idea de responsabilidad social.
El adjetivo “social” aplicado a cualquier actividad (justicia social, economía social, etc.) nos pone en riesgo de perder el centro de nuestra visión, proyectando sombras sobre nuestra actividad.
Esta “construcción verbal” (responsabilidad social) da a entender que hay un concepto nuevo y fundamental, que está más allá del quehacer natural de la empresa, y que sólo ahora hemos comenzado a asumir.
Pero hay que recalcar hasta la majadería que las acciones que desarrolla un buen empresario, y que se traducen en crecimiento económico, productividad, puestos de trabajo, buen clima laboral, aporte de valores, entre otras cosas, lo transforman de por sí en un empresario socialmente responsable.
Pagar bien y asegurar la sustentabilidad de la empresa en el tiempo definen mucho más una actitud socialmente responsable de un empresario que hacer donaciones de beneficencia.
¿Qué sería necesario para aumentar el compromiso social de la empresa?
Básicamente, ciudadanos que sientan el gusto de destinar recursos a los pobres, a la salud o a la enseñanza. El placer de ayudar y de engrandecer a Chile. Gusto por la justicia y gusto por las ideas.
Generar la conciencia de que ver cambiar nuestra sociedad para mejor, es una satisfacción moral, es y será siempre el mejor aliciente para el fomento de la responsabilidad social.
Estado y Empresa
Por otro lado, la pobreza y la falta de oportunidades existente en el entorno tienen su origen en la incorrecta aplicación de políticas públicas en el pasado, y no en las empresas.
Las empresas no son la sociedad. Son células sociales que tienen funciones específicas y fundamentales. Por tanto no pueden estar obligadas a asumir un pasivo que no crearon.
Este caso plantea una verdadera pregunta ética, que va al centro del concepto de “Responsabilidad Social”: ¿Deben las empresas preocuparse de asegurar que en el futuro no vuelvan a implementarse sistemas económicos o políticas públicas equivocadas?.
Obviamente, un rol activo en este plano es el aspecto más incide en el nivel de desarrollo, calidad de vida y estabilidad de un país. Aunque sea menos “vistoso” que un concierto o una exposición de pinturas.
¿Hasta dónde debe llegar la responsabilidad y el compromiso de la empresa para con la sociedad?.
Todos sabemos que hay ciertos modelos económicos, y ciertos actores políticos más favorables que otros para el desarrollo y la calidad de vida.
¿Debe la empresa, entonces, dentro de su obligación de promocionar el bienestar social en la comunidad, colaborar decididamente en las elecciones de ciertos candidatos, por el bien de la sociedad y de los gobernados?
Como se ve asignar a la empresa una responsabilidad social es algo sumamente delicado.
Otro punto que arroja cierta confusión al debate es la pretensión de que existen responsabilidades “colectivas” o “sociales”.
La responsabilidad es un asunto particular.
El rol de las empresas y de toda persona jurídica no puede ser otro rol que el definido en sus estatutos. Y no tienen otra responsabilidad que la conferida por las leyes.
Cada vez que se habla de la obligación de las empresas de hacer aporte social, siempre es un ejercicio útil preguntarse ¿y qué sucede si no lo hago? ¿O si no puede hacerlo?. Es obvio que la “obligación” no existe.
Las obligaciones propias de las empresas son únicamente ser negocios eficientes y cumplir las leyes, sean de su agrado o no. Pagar impuestos. Lograr un buen clima laboral. Informar a sus propios accionistas y a las autoridades competentes en forma seria, oportuna y transparente.
Pero decidir apoyar a una causa benéfica, siempre será una decisión personal: de los dueños, con dinero propio, o de los ejecutivos, con dinero de la empresa.
Digámoslo claramente: la responsabilidad (social) es siempre individual. Si los accionistas deciden destinar parte de las utilidades a fines de beneficencia, lo hacen en una acción voluntaria y distinta al giro de la empresa.
Pero más allá de asignar ámbitos de competencia justos, las empresas, como todo integrante de la comunidad, tiene la obligación –nacida de una norma de conducta y no de una norma legal- de comportarse como buen vecino.
Un buen vecino colabora con su comunidad cuando esta atraviesa un momento de dificultad. Y si la actividad empresarial resulta molesta, llevará a los vecinos a pedir sanciones o expulsión.
Eso es lo que pasa con las empresas mineras. Si las empresas generan resistencias, o se niegan a conceder favores que el entorno les pide, la sociedad terminará imponiéndoles royalties e incluso exigiendo su nacionalización.
Por eso las empresas deben saber ubicarse y saber comportarse “a la altura de las circunstancias” en el plano social.
Uno de los problemas de los Estados grandes y activos en el gasto, como es el caso chileno, es que hacen sentir que es a él a quien le corresponde la responsabilidad de implementar las políticas sociales.
Por esta causa, quita a los agentes económicos parte de sus recursos, y promete ser eficiente y exitoso en su función social. (Aunque todos sepamos que lo que ocurre es exactamente lo contrario).
Es decir, mientras más grande es el tamaño del Estado y mayores los impuestos, menos espacios quedan para la responsabilidad social de la empresa.
Por eso ya hay mucha gente en el mundo que se ha dado cuenta que no es bueno que sean los políticos quienes decidan que financiar y qué no, con plata de los contribuyentes. Por ello uno de los eslóganes de campaña del actual Presidente de EEUU fue “no más impuestos sin representación”.
¿Spencer Tunick o música de cámara?; ¿Parques o autopistas? ¿Bibliotecas o Gimnasios?
Siendo concretos, una buena idea para Chile sería que en la declaración de impuestos anual, cada ciudadano pudiera elegir en qué quiere que sea gastado la parte del dinero que produjo y que aportó al Estado.
Al menos se podría comenzar de a poco: 20 por ciento de libre disposición. Así, algunos preferirán fomentar la salud, otros la construcción de escuelas y bibliotecas, otros la investigación científica, y la sociedad será más acorde al sentir ciudadano.
Nos sentiríamos más participes de nuestra sociedad y más involucrados en su desarrollo. En una verdadera democracia, es la ciudadanía la que toma las decisiones. Libertad y respeto a las decisiones individuales es mucho más democracia que depositar el voto cada 4 años.
Se ha dicho que si se dejara a las personas libres para ser responsables socialmente, no lo harían. Eso es no confiar en la especie humana. Y mi experiencia me muestra que quienes desconfían, es porque cuando se miran al espejo dudan de ellos mismos.
La verdad es que la gente tiene sentimientos morales, así como tienen inteligencia y fuerza física. Algunos los tienen en mayor o menor medida, pero es falso que la sociedad no funcionaría si el estado interviniera menos.
En una sociedad libre, incluso la coacción a hacer el bien debe estar limitada.