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Ha fallecido César Díaz-Muñoz Cormatches. Este es un momento triste, de pérdida del amigo. El mundo aparece como un poco menos bueno sin su presencia. Para aquellos que no esperamos reencuentros en el futuro, una forma de sentirlo todavía entre nosotros es dar testimonio, recordar, hablar y escribir sobre el amigo ausente. Quisiera dedicar esta columna a exponer mi visión de César.
Recuerdo a César sonriendo y mirando con ojos vivaces, llenos de picardía, curiosidad, alegría, entusiasmo y complicidad. Esta es la imagen que tengo y que llevaré conmigo, pero si tuviera que describírselo a alguien que no lo conoció, diría lo siguiente:
César Díaz-Muñoz Cormatches fue un abogado que amaba la profesión y que se mantuvo reflexionando sobre el derecho durante toda su vida. Especialista en derecho minero, materia que dominaba en lo técnico y a la que sabía agregar siempre su sensibilidad humanista y social.
Hombre de servicio público que trabajó en varios gobiernos ejerciendo labores de especialista y de autoridad, nunca olvidando que la razón final de la actividad pública es el servicio a los ciudadanos. Siempre mantuvo su puerta y su oído abierto a los muchos que a diario lo buscaban para pedirle y proponerle cosas. Puerta abierta para todos, sin distinciones, privilegios o restricciones. Amabilidad y cordialidad en el trato, apertura a nuevas ideas, energía incansable para abordar todos los temas bajo su responsabilidad.
Hombre de compromiso político, pasó toda su vida junto a su querido partido demócrata cristiano, al que llegó y en el que se desenvolvió con toda natural dando testimonio de sus valores cristianos y humanistas. Demócratacristiano viejo, de esos que leyeron a Mounier y Maritain, las encíclicas sociales y que soñaron con un mundo más justo y solidario. Político antiguo y nuevo a la vez, que sabía defender sus ideas y valores, a la vez que sabía escuchar, valorar y aprender de otros.
Escritor, poeta y lingüista. Cuántos buscaron el placer de leer su prosa y su poesía. Estilo propio, firme, elegante, delicado y refinado. Palabras olvidadas de nuestro idioma resurgían vibrantes al paso de su prosa, dándoles nueva vida y recuperando la riqueza y fuerza de nuestro idioma. Recuperador de Gabriela Mistral para Chile y para el mundo. La literatura era su pasión y alegría. Era además, de aquellos que regalan libros, pensados, reflexionados, direccionados para su destinatario.
Ciudadano completo en un país que solo recuerda a sus ciudadanos para las elecciones, rompió esta niebla de apatía y atomismo gritando su calidad de hombre con interés por discutir y reflexionar los temas públicos, de la ciudad, el país y el mundo a través de sus insistentes y numerosas cartas a los periódicos de Chile. Cartas de estilo novedoso y cuidado que nunca olvidaron que la forma era solo el medio para trasmitir un mensaje humanista de importancia. Hombre que escribía cartas y que las compartía con el mundo.
Católico militante, de aquellos inspirados por Juan XXIII y los vientos del ecumenismo del Concilio Vaticano II, de esos que amaron la propuesta de “paz a los hombres de buena voluntad” y que pensaron que el Reino se comenzaba a construir aquí, en la Tierra. Cristiano mas de valores que de dogmas, supo ser fiel a su iglesia sin dar la espalda al resto del mundo.
Erudito, sabio, entretenido y gran conversador. Son miles los que tuvieron el placer de escuchar su voz, su extraordinario, extenso y elegante vocabulario, la forma de hilar palabras, frases e ideas, la entonación y timbre, el ingenio y el humor. Hablaba y mundos se iban creando a su alrededor, generando imágenes, emociones y energías.
Hombre alegre, optimista, energético, curioso, vivaz, esperanzado y divertido. Su entusiasmo era contagioso y congregaba a los grupos más diversos e inverosímiles. Su alegría siempre fue generosa y de mano abierta.
Hombre de muchos y muy buenos amigos. Vi hombres llorar en su funeral. Antes vi a muchos acudir a César para pedirle orientación y consejo, para pedirle un favor o simplemente empatía. Siempre estuvo ahí y siempre tuvo tiempo para todos los que lo buscaron. César hizo de la amistad una celebración y nos enseñó lo pobre y árida que puede ser la vida sin amigos verdaderos.
Y a su mujer, Sofía. Qué manera de amar tuvo este hombre. Toda una vida juntos y con testimonio diario del amor y del compañerismo. Hay un libro de César con poemas para Sofía. Versos hermosos que casi dan ganas de mantener en la intimidad. Amor que se extendió a su familia, la nuclear y la extendida: en el abrazo de César había espacio para hijas, hermanos, sobrinos, nietos, primos, cuñados, yernos, etc.
César perteneció a muchos mundos y en cada uno de ellos supo entregar su aporte y ser apreciado. Uno de esos mundos es la pequeña comunidad minera de Chile. Su paso por el Ministerio de Minería y la Comisión Chilena del Cobre marcó una honda impresión en muchos de los que de una u otra manera se relacionan con tales instituciones. Sé que los interpreto al decir que el recuerdo afectuoso de César se mantendrá entre nosotros por mucho tiempo.
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