Desde el anuncio encadenado sobre disminuciones de producción por parte de las mineras más importantes de la industria, se ha levantado con fuerza en el ambiente minero la interrogante de si existe competencia entre las empresas mineras y qué poder real tienen para influir en el mercado.
Por otro lado, líderes de la industria han sostenido que su desarrollo está fuertemente vinculado a la competencia proveniente desde las industrias sustitutas del metal, tales como aluminio, fibra óptica y plástico. En otras palabras, la discusión sobre cuán competitiva es, se traslada al mercado de los usos de estos insumos, con las consiguientes preguntas sobre la eficiencia de los mismos.
Por cierto, en el ámbito de análisis moderno de comportamientos competitivos la evidencia empírica es la clave, ya que a partir de ésta se infieren estructuras de mercado y predicciones sobre conductas de las firmas. Así, el evento “casi en bloque” de disminuciones de producción muestra al menos, la existencia de interacción entre las empresas y por ende, de algún nivel de rivalidad. Por cierto, esta situación se ha seguido observando en las declaraciones de los máximos ejecutivos de estas empresas, los que han manifestado sus intenciones de no revisar estas cifras en el resto del año.
Otro argumento está dado por las similares estrategias competitivas llevadas a cabo por estas empresas, las que se han caracterizado por una fuerte disputa en las transacciones de activos (un buen ejemplo, es el proceso de enajenación de Disputada Las Condes), negociaciones para realizar asociaciones mineras para exploración (el Plan Maestro o Plan Estratégico de Exploraciones de Codelco-Chile, con países como México, Brasil y Perú), explotación de yacimientos, alianzas estratégicas de negocios (BHP-Billiton, Codelco-Chile y Vale Do Río Doce), identificación de blancos, asociaciones para usos tecnológicos etc., todas las cuales se dan en un marco por ganar (o no perder) participación en el mercado.
Respecto a la competencia con productos sustitutos, es claro que planteamientos de esta naturaleza tienen un soporte argumental de largo plazo, y por tanto, los análisis se deben focalizar en ámbitos que impactan la permanencia de las empresas en el mercado. Sin duda, los factores trascendentales para evaluar su competitividad se trasladan a la capacidad de innovación tecnológica de las empresas, la promoción de las bondades del metal, el nivel de satisfacción de sus consumidores, la apertura y consolidación de los mercados, la eficiencia relativa en producción y aspectos relacionados a desarrollo sustentable (por ejemplo, respeto al medio ambiente). Es claro que en la medida que el cobre tenga ventajas relativas en estos temas, seguirá siendo competitivo para los demandantes de estos insumos.
En consecuencia, ambas discusiones responden a distintos niveles de desarrollo del mercado y no deben ser excluyentes al momento de los análisis. Es decir, existe competencia intra-industria y también inter- industrias.
Sólo a manera de referencia la participación de las 5 empresas de mayor tamaño en producción de mina fue 34%; 35,4% y 39,5% los años 1990, 1995 y 2000, respectivamente. El índice de concentración de Herfindahl alcanzó a 0.029, 0.028 y 0.035 en dichos años, valores que estarían indicando una tendencia histórica hacia una mayor concentración en la industria.
Las estrategias agresivas de internacionalización de las empresas en campos tan abiertos como, asociaciones para exploración y explotación, cooperación en ámbitos tecnológicos, y las transacciones de activos indican la continuidad de este.