Nuestra relación personal con el dinero está llena de luces y de sombras, de prejuicios y de miedos, de anhelos profundos y de evasiones. Como hombres y mujeres de empresa, necesitamos hacer verdad frente a nosotros mismos y reflexionar sobre cómo llegar a ser más íntegros y felices con nuestro dinero.
No hay duda de que el dinero es un invento maravilloso. Seguramente uno de los más importantes de la historia de la humanidad. Pasar de cambiar un caballo por treinta metros de tela o cuatro barriles de aceite, a comprar electrónicamente desde Tokio, bonos de la reserva federal norteamericana es definitivamente un avance.
Sin embargo, junto con ayudarnos a equiparar peras con manzanas y a mejorar la calidad de vida de la humanidad, el dinero- o mejor dicho la riqueza- nos ha traído muchos dolores de cabeza, muchas lágrimas y muchas guerras.
A estas alturas de la evolución, resulta un poco cínico echarle la culpa al dinero de nuestras pesadillas por él. Somos nosotros y nuestra relación con la riqueza lo que nos ha hecho más felices o infelices.
La frase "Todo hombre tiene su precio" señala sabiamente la capacidad de encandilarnos que poseen las riquezas, y el dicho popular "la necesidad tiene cara de hereje" explica la dimensión ética del poder que puede ejercer en nuestra vida la posibilidad de dar o recibir riquezas.
Con dinero tenemos el poder de comprar casi todo y de hacer crecer lo que queramos. Obras de beneficencia, proyectos culturales, empresas, chantajes, espionaje, armamentismo. Podemos hacer crecer la pobreza o ayudar a crecer a los pobres. Podemos multiplicar nuestras ganancias o multiplicar nuestra oferta de trabajo. Podemos llenar nuestro hogar de aparatos o llenar nuestra vida de calidad. Podemos hacer crecer a un país con inversiones o a nuestra cartola en un banco suizo.
La generosidad, los anhelos de creación, la legítima aspiración a una vida digna, el desarrollo personal y profesional, el arte, el deporte, la concreción de las propias vocaciones, la salud y hasta la vida espiritual pueden ser potenciados por el dinero si estamos centrados a responder a los llamados provenientes de nuestro interior y de la realidad de nuestros prójimos.