Los ambientes laborales son en general graves, grises y empaquetados. La formalidad exagerada se ha tornado en la manera más habitual de enfrentar nuestro mundo de trabajo. La alegría es escasa, sobre todo esa alegría que el hombre es capaz de experimentar en presencia de un sueño y de un sentido de vida.
"Tengo de todo, lo único que me falta es alegría". Con esta fuerte y valiente afirmación un alto gerente se presentó ante un grupo de pares, dejando en evidencia- después de una interacción entre ellos- que muchos compartían este sentimiento y que la alegría se había vuelto un elemento bastante esquivo en su vida, fundamentalmente en su vida laboral.
Esta realidad no es difícil de comprobar al conocer en qué condiciones se producen generalmente las reuniones de directorio o de alta gerencia: llegan todos apurados, con una expresión de trabajólicos en la cara y encerrados en un terno y una corbata que actualmente son un poco más coloridos, pero que en general no salen de los azules, grises o cafés. El ambiente no se diferencia mucho de aquel que antaño caracterizaba un examen o tal vez el mismo reconocido y temido bachillerato.
A esto además, se suman algunas razones más contingentes: la agresividad que hay en Santiago, los tacos, las inundaciones, la jornada laboral interminable, el esmog, etc., hacen que las personas salgan a las calles en las mañanas y- antes de sus trabajos- enfrenten múltiples agresiones llegando a sus oficinas con una carga ya negativa.
Así como las habilidades emocionales permiten un manejo más eficiente para que los directivos puedan desempeñarse con más éxito, la alegría- específicamente- se transforma también en una clara ventaja competitiva. Además de lo obvio, que dice relación con que la alegría trae consigo un ambiente más grato y un clima organizacional de mejor calidad, ella aumenta también la creatividad y con esto la innovación. Asimismo, aliviana la carga laboral, hace el día más corto, el trabajo más placentero, mejora las relaciones y finalmente desmitifica la errónea idea de que para ser productivos es necesario andar con el ceño fruncido.