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Papers
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La jaula del poder; reflexiones sobre las sociedades democráticas
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Ramón Ramos. Comentado por Oscar del Alamo, Analista del IIG
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Con este artículo, Ramón Ramos pretende abordar algo que el mismo considera como un tema ya “desgastado” por el excesivo uso y estudio que se ha hecho sobre él. Básicamente se trata de reflexionar los problemas a los que debe enfrentarse una democracia institucionalizada a raíz de una doble crisis en la que el autor considera que permanecemos instalados: la crisis de lo político y la del Estado de Bienestar. Para él carecemos de un aparato analítico lo suficientemente potente como para aclarar estos problemas en sus aspectos más relevantes y desconcertantes.
La doble crisis que acabamos de presentar es una situación que desde hace algún tiempo están viviendo las democracias plenamente institucionalizadas. Pero al referirnos a estas crisis en las sociedades actuales, debemos tener en cuenta que estamos tematizando sobre un aspecto que podemos considerar “normal” a razón de su alta frecuencia. Así, las sociedades actuales, sometidas a una elevada tasa de cambio no programado ni intencional, tienen necesariamente que vivir en situaciones crónicas de crisis e instalarse en la conciencia de esa crisis.
Para el autor la existencia de esta doble crisis, aunque afecte a dos de los aspectos más relevantes de los sistemas democráticos, no comporta la crisis de la misma democracia. El “enjaulamiento” en el que democrático permite, en efecto, que una crisis endémica de lo político y del Estado no comporte la crisis de la democracia misma.
1. La crisis de lo político
Empezando a tratar la crisis de lo político, Ramos considera que ésta queda definida por una serie de rasgos determinados: débil implicación política subjetiva, escaso sentimiento de competencia, relevancia de las actitudes desconfiadas y cínicas hacia los políticos así como una muy baja identificación partidista. Para el autor, este conjunto de parámetros delimitan un cuadro muy preciso para demostrar qué sucede cuando tratamos de hablar de una crisis de lo político.
Estos síntomas acaban provocando que los ciudadanos se muestren muy poco interesados e implicados en la política a la que consideran como una esfera distante y extraña. Además, la observación que tienen sobre ella es muy limitada y los sentimientos que le suscita son de indiferencia, cuando no de hostilidad y crispación. Al mismo tiempo, sus juicios sobre los políticos y los partidos políticos no son favorables. En definitiva, estos ciudadanos no se acaban considerando como competentes e informados; no se sienten identificados con el “juego político” en el que , lo quieran o no, están instalados.
Siguiendo un razonamiento consecuencialista, habría que esperar que actitudes de este tipo supusieran una deslegitimación de las instituciones democráticas en las que se realiza el “juego político” : la desconfianza frente a la política debería estar acompañada por desconfianza o distanciamiento en relación a las instituciones democráticas. Pero, según ramos, este no es el caso. Los diversos estudios realizados en el campo de la cultura política muestran que el grado de prestigio, estima y adhesión a las instituciones democráticas en términos genéricos es muy alto y que, por tanto, la crisis de la política no está acompañada de una crisis de confianza en el rechazo de las instituciones democráticas.
El resultado de todo este proceso retrata una democracia de ciudadanos sin ciudadanos, en la que los mismos sujetos afirman y niegan de sí mismos su estatuto de ciudadanos. Lo niegan cuando se muestran incompetentes, desinteresados, pasivos y fatalistas en el campo de la práctica política real, pero se afirman como ciudadanos cuando explicitan su fe en un sistema que los define como tales.
Para el autor, esta es la esencia básica de la paradoja constitutiva de las democracias institucionalizadas, entendiendo como tal, no un rasgo transitorio, sino permanente, es decir, una determinación estructural. Así, ser ciudadano sin serlo constituye la precondición de las democracias institucionalizadas actuales.
Diversas tendencias han apuntado ya que el paso del tiempo, la consolidación plena de las instituciones o el hábito y la práctica continuada de la democracia irán disolviendo esta paradoja de la cultura política, asegurando que el ciudadano, en gran parte imaginario en la actualidad, se convertirá en ciudadano coherente, pleno y real.
Por otra parte, otros estudiosos han destacado que la apatía, la desconfianza frente a la política o la inseguridad frente a la propia competencia como ciudadano pueden ser muy bien características actuales de la cultura política de las democracias institucionalizadas.
Algunos(1) ya han destacado esta situación como muestra de una cultura política posmoderna caracterizada por la radical crisis y la desaparición de una matriz de valores orientadores compartidos para una colectividad de ciudadanos. Emergería así una cultura de lo político fragmentada, escéptica, distanciada, que no puede actuar como un fundamento sólido de un régimen político democrático.
Así pues, las democracias actuales se asientan en una profunda crisis de lo político, suponiendo esto un rasgo constitutivo y permanente y no un rasgo transicional o pasajero producto de la inmadurez o los avatares históricos.
2. La crisis del Estado de Bienestar
Para tratar este punto, el autor adopta un trabajo de N. Luhmann2 centrándose en sus propuestas clave. En primer lugar ( y recogiendo una mezcla de argumentos de Parsons y Marshall ) Ramos destaca que el Estado contemporáneo se ha orientado hacia una reciente inclusión; es decir, cada vez capas más amplias de la población encuentran en él la arena en la que presentar y obtener sus propias demandas. De la mano de esta dinámica se ha asentado una “lógica de compensación” que hace que se demande universalmente al Estado una compensación frente a todas las carencias e insuficiencias que los ciudadanos, en razón de los subsistemas no políticos, sufren. De este modo, el estado se ve arrastrado a una sobrecarga que lo convierte progresivamente en incompetente y en generador de problemas a los que, siendo su creador, él mismo ha de poner remedio.
Este proceso acaba conllevando a una situación de crisis endémica, ya que los medios de que dispone el Estado para realizar esa política universal de compensación son insuficientes e ineficientes. Esta crisis supone una nueva contradicción: las demandas crecientes de certidumbre, seguridad y compensación de los ciudadanos deben ser atendidas por los políticos e integrarlas en sus programas electorales, pero el Estado muestra una gran incapacidad para acomodarlas en los programas reales de gobierno y darles satisfacción.
Pero como Ramos destacaba en la crisis de lo político, la crisis del Estado de Bienestar no provoca una quiebra relevante de la democracia. No hay indicadores que así lo muestren: no aparecen relevantes movimientos antisistema, las elecciones se celebran periódicamente sin especiales conflictos o las políticas gubernamentales de recorte e incumplimiento de promesas electorales se realizan sin encontrar serias resistencias.
Este análisis nos conduce inevitablemente a preguntarnos por qué las democracias son aparentemente tan sólidas cuando padecen estas insuficiencias o por qué la entrelazada crisis de lo político y el estado no mina definitivamente su viabilidad.
Al respecto, Ramos destaca que para atender a este problema hay que atender a la lógica del poder democrático y a la situación de los ciudadanos – situación que el autor denomina como de “doble vínculo”3- que quedan “enjaulados” sin capacidad para salir o enfrentarse con las contradicciones del sistema, limitándose únicamente administrarlas.
3. El concepto de “enjaulamiento”
Para aclarar la problemática planteada, el autor se sirve del concepto de “enjaulamiento” propuesto por Michael Mann4 para explicar por qué los históricamente sometidos a potentes y despiadadas maquinarias de poder no han conseguido desembarazarse de ellas. Ello respondería al establecimiento de redes sólidas que impedían que la población pudiera sustraerse de la esfera de competencias de los que tenían poder, consiguiendo su “enjaulamiento” e impidiendo que optaran por una salida cuando no les quedaba el recurso de la voz.
Con este punto de partida, Ramos considera que toda red de poder acaba operando un “enjaulamiento” de estas características, que hace muy imposible o muy costosa la salida para quien no quiera vivir atrapado en ella. Así pues, si toda red de poder enjaula en este sentido, es de esperar que también ocurra el poder democrático.
Siguiendo esta reflexión, el autor considera que la Constitución, como fundamento o infraestructura profunda del poder, se convierte en uno de los mecanismos más potentes para conseguir un eficaz “enjaulamiento”.
De este modo, queda configurada la hipótesis que se apuntaba anteriormente: la crisis de la política y del estado no desestabiliza las instituciones democráticas porque éstas afirman su poder en forma de situaciones que aseguran el “enjaulamiento” de las poblaciones instaladas en ella, impidiendo la posibilidad de salir de sus redes y su lógica constitutiva.
4. El pulso entre el Estado y el mercado
El análisis de Ramos acoge una nueva influencia a través de del concepto de “paradoja histórica” que aparece en la obra “La gran transformación” de Karl Polanyi. Con este concepto Polanyi expresa la paradoja del emergente capitalismo: por un lado intenta afirmarse en contra de toda interferencia”artificial” y estructurarse exclusivamente en función del mecanismo autorregulador del mercado; ahora bien, todo intento en este sentido va acompañado, o seguido inmediatamente, por un intento contrario para compensar los efectos perversos producidos por el mercado mismo.
Con esta apreciación Ramos expone que la sociedad capitalista, pues, no sabe vivir ni con el mercado ni sin él. Cuando lo afirma procede en la vía de la mercantilización universal de las relaciones sociales, pero esa mercantilización genera problemas que orientan hacia la politización estatalista de las mismas relaciones que, a su vez, levarán hacia demandas de remercantilización, generando, así, un círculo vicioso del que no se puede salir.
Si consideramos que ésta es la forma estructural de la reproducción de la sociedad capitalista, las estrategias de los sujetos sometidos a esa red de poder tenderán a adoptar la forma de lo que se ha denominado como “estrategias dobles”: hacer y no hacer sucesiva e interrumpidamente algo ( BAREL, Y. ; 1989 ).
Los sujetos se adaptan aceptando, ante las sucesivas crisis de la mercantilización y la estatalización, la promesa de que en lo contrario de lo que inmediatamente se hace se hallará la solución. El futuro aparece como la opción en la que se calma la incertidumbre presente. Una opción, según Ramos, que olvida el pasado gracias a unos medios de comunicación que hiperactualizan la realidad. De este modo, los sujetos quedan enjaulados en una red de poder que puede administrar sus crisis sucesivas.
El ciudadano, pues, se afirma y se niega como tal. Se adapta a la característica definitoria de la democracia que pide adhesión y participación pero que no acepta una adhesión entusiasta y apasionada ( traducida en una confianza excesiva en el sistema en su capacidad para acomodar todas las demandas ) ni una participación sin límites.
5. Conclusión
La conclusión que el autor alcanza es que la red de poder democrático se activa en un proceso cíclico que fluctúa entre la mercantilización y la estatalización, la adhesión y la apatía, la participación y la inhibición.
La respuestas adaptativas de los actores sociales atrapados en esa red consisten en una apuesta masiva a favor de estrategias dobles que permiten construir contraintuitivas identidades paradójicas. Adoptando tales estrategias, estos actores reproducen esa red de poder, consolidándose, “enjaulándose” en ella e incapacitándose para romper la lógica perversa que la anima.
De esta manera, las crisis periódicas pueden ser administradas sin que haya un déficit preocupante de motivación ni se abran procesos masivos de deslegitimación.
El presente trabajo, fue publicado en la Colección de Papers de IIG, editado por el Instituo Internacional de Gobernabilidad; en el marco del proyecto LAGNIKS patrocinado por el PNUD y la Generalitat de Catalunya. Artículo : “Claves de la Razón Práctica”, Nº 39, enero 1994
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Referencias
BAREL, Y. “Le paradoxe et le système. Essai sur le fantastique social”. Presses Universitaires de Grenoble. Grenoble. 1989.
GIBBINS J.R. Contemporary Political Cultura”, London, Sage, 1989.
LUHMANN, N. Teoría política en el estado de bienestar, Madrid, Alianza Editorial, 1993.
MANN, M. Las fuentes del poder social, Alianza editorial, Madrid, 1991.
POLANY, K. La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, Madrid, Ediciones La piqueta, 1989.
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1 Ver J.R Gibbins (1989)
2 Exactamente “Teoría política en el estado de bienestar”.
3 Este concepto, también conocido como “double bind” fue construido por Bateson en el marco de sus investigaciones sobre el origen de la esquizofrenia. Más tarde ha sido ampliado, utilizándose más allá del campo estricto de la sicología y acomodándose en el campo del análisis sociológico. En esencia, la situación de “doble vínculo” expresa aquella dinámica por la que alguien se ve ante la obligación de hacer y no hacer, a la vez algo. Ramos considera que bastaría con que se atendiera a la estructura profunda de muchas relaciones sociales para reconocer que la paradoja del doble vínculo es omnipresente y estructura muchas relaciones sociales en las que intervienen las distintas manifestaciones del poder.
4 Ver Mann (1991)
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