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08/02/2012 17:47
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Discurso del presidente ejecutivo de Codelco en la celebración de la nacionalización del Cobre.
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Juan Villarzú, presidente ejecutivo de Codelco
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Discurso del presidente ejecutivo de Codelco en la celebración de la nacionalización del Cobre.
Como lo acabamos de recordar con emoción y recogimiento, un día como hoy, hace exactamente 30 años, el interés superior del País logró concitar un amplio consenso ciudadano, como pocas veces en nuestra historia. En efecto, el 11 de julio de 1971, el Congreso Pleno, encabezado por el entonces presidente del Senado, Patricio Aylwin Azócar, quien hoy nos honra con su presencia, aprobó unánimemente la reforma constitucional, propuesta por el gobierno del Presidente Salvador Allende, que consagraba la nacionalización de la gran minería del cobre. "Estamos —sostenía entonces el Presidente Allende — en actitud positiva de ejercer un derecho inalienable para un pueblo soberano: el disfrute pleno de nuestros recursos naturales explotados por trabajo y esfuerzo nacional. Recuperar el cobre es una decisión de Chile, y exigimos respeto de todos los países y gobiernos por una decisión unánime de un pueblo libre".
A muchos hoy les llama profundamente la atención la unanimidad política que la nacionalización del cobre consiguió en ese momento. ¿Cómo fue posible que en un país, que por aquel entonces vivía un creciente clima de polarización, se llegara a tal grado de acuerdo, en una iniciativa de tan alto impacto político y económico, nacional e internacional?
En una reciente publicación de la Sociedad Nacional de Minería – Crónica de Tres Siglos – se sostiene que “la nacionalización del cobre en Chile fue una decisión que empezó a incubarse mucho antes de que se produjera oficialmente.” En los sesenta ya era un tema de alta prioridad en la agenda pública. La "chilenización" y "nacionalización pactada", iniciativas impulsadas por el Presidente Eduardo Frei Montalva, y el hecho de que dos de los tres candidatos presidenciales en 1970 incluyeran en sus respectivos programas de gobierno la "nacionalización", indudablemente presagiaban el acuerdo de 1971.
El aire de los tiempos y la creciente convicción de que el país no estaba obteniendo la retribución que correspondía por la explotación de su cobre, contribuyeron, sin duda, a que dicho sentimiento y anhelo se materializara en la decisión que hoy conmemoramos. Como se ha recordado hace un instante, el senador Francisco Bulnes, al fundamentar el voto favorable de la derecha a la Reforma Constitucional, planteó textualmente: "ser partidario de la propiedad privada no significa oponerse en principio a que determinadas actividades económicas pertenezcan al Estado por razones excepcionales. De acuerdo con esta manera de pensar, nunca nos hemos opuesto conceptualmente a que el Estado chileno se haga dueño de la gran minería del cobre, que provee la mayor parte de las divisas con que cuenta el país, que es además una fuente considerable de recursos para el erario y cuya permanencia en manos extranjeras significa, obviamente, que el producido de una riqueza natural imposible de reponer no queda totalmente en Chile sino que se va en parte al exterior."
El Mercurio reconocía, asimismo, la existencia de un mayoritario "anhelo de autonomía nacional", dado que "el influjo de la producción del cobre en el desarrollo de la economía nacional es y seguirá siendo por muchos años decisivo".
El cobre: la columna vertebral del desarrollo de Chile
En Chile se encuentran las mayores y mejores reservas de cobre del mundo, es decir, del orden del 40% de las reservas conocidas. Esta es una riqueza gigantesca que nos legó la naturaleza y que nos ha acompañado desde siempre en nuestro devenir histórico. Su presencia en las distintas expresiones de las culturas precolombinas es notable. El alto grado de identificación de los chilenos con el cobre y el hecho que nuestro país a menudo es identificado en el mundo gracias a él son pruebas de ello.
Sin embargo, desde un punto de vista económico, sólo adquiere importancia a partir de las primeras décadas del siglo XX. Ello como consecuencia de la invención del proceso de flotación de minerales, que hizo rentable la explotación de yacimientos de baja ley. Su impacto más inmediato fue el desarrollo de El Teniente, Chuquicamata y Potrerillos, cuyas operaciones se iniciaron en los años 1906, 1915 y 1927, respectivamente.
Durante la segunda mitad del siglo diecinueve, Chile produjo normalmente entre 30 y 40 toneladas de cobre al año. En 1948 ya producía 445.000 toneladas, lo que representaba alrededor del 20% de la producción de cobre de mina del mundo. Hoy producimos 4.600.000 toneladas – 10 veces más - y nuestra participación se acerca al 40%.
A este aumento de producción concurrieron tanto Codelco como la gran minería privada. Durante los últimos treinta años, Codelco incrementó su producción en un millón de toneladas, mientras que la gran minería privada lo hizo en dos millones setecientas mil toneladas. De esta última cifra, más del 90% cristalizó a partir de 1990.
Es evidente que hubiere sido imposible incrementar la producción en estas cantidades de no haberse contado con el concurso de la inversión extranjera, que masivamente vino a contribuir al desarrollo del sector. Ésta aprovechó la disponibilidad de reservas de calidad y bajo costo, las ventajosas condiciones tributarias y de otro orden ofrecidas a la inversión extranjera durante el gobierno militar y mantenidas hasta hoy, como asimismo la credibilidad y estabilidad política y social que garantizaba el nuevo gobierno democrático.
Es interesante destacar que del total de la inversión extranjera productiva, materializada entre los años 1974 y 2000 un 45% tuvo como destino la minería – el equivalente a US$ 17.000 millones - y que, de esa suma un 81% ingresó al país a partir de 1990. Así, la inversión extranjera también confió en la democracia.
Durante mucho tiempo el cobre ha sido el proveedor más importante de divisas. Entre 1960 y 1970, las exportaciones de cobre oscilaron entre el 70% y el 75% de las exportaciones de Chile. Hoy representan cerca del 40%, cifra aún muy significativa, a pesar de la gran diversificación experimentada por la oferta exportadora y el acelerado crecimiento de las exportaciones totales.
Por último, no podríamos terminar este sucinto balance sin hacer referencia a que a lo largo de la última década la minería ha aportado entre el 9% y el 10% del producto geográfico bruto y de los ingresos del Gobierno General, correspondiéndole al cobre la principal contribución. Esta es la realidad que transforma al cobre en la columna vertebral del esfuerzo de desarrollo económico y social del país; es lo que explica la decisión unánime de nacionalizar el cobre.
El cobre, en síntesis, tiene un carácter estratégico para Chile. Lo que ocurra con el consumo y el precio del cobre afecta directamente el desempeño de nuestra economía y la calidad de vida de todos los chilenos, especialmente de los más débiles.
Es cierto, estamos insertos en la economía global y somos una economía pequeña. Pero cuando un país produce el 40% o más del total de una industria, dispone del 40% del insumo crítico, del capital humano y de la tecnología y es propietario del principal productor de dicha industria – en nuestro caso Codelco – tiene el derecho y la obligación de utilizar los instrumentos a su disposición para cautelar sus legítimos intereses, propendiendo a un desarrollo normal y ordenado de la industria en cuestión. Sin perjuicio de un diseño de políticas adecuado, Codelco es, sin duda, el mejor instrumento a disposición del país para el logro de este objetivo.
Ello es particularmente así en un escenario mundial en que la globalización, las tecnologías de la información y la evolución de los mercados financieros están empujando, en distintos ámbitos, a una creciente consolidación o concentración.
La industria del cobre no ha escapado a este proceso. Hoy los cinco principales productores aportan del orden del 50% de la producción de cobre de mina del mundo y nuestras estimaciones indican que el grado de concentración se empinará al 60% hacia el año 2010.
Aún más, todos estos productores, excepto Codelco, son grandes transnacionales privadas. No hace mucho, por de pronto en la última mitad de los setenta y la primera de los ochenta, parte significativa de la producción era aportada por empresas estatales. Era la época en que los países productores – la mayoría de ellos economías pobres o en desarrollo – constituyeron el Consejo Intergubernamental de Países Exportadores de Cobre – CIPEC –, cuyo objetivo principal era regular los mercados y el precio. Como sabemos, esa es una experiencia fracasada y hoy día irrepetible.
De los países socios de CIPEC, sólo Chile logró mantenerse en el club de los grandes; en efecto, tanto el país en su conjunto como Codelco, se consolidaron como los principales productores de la industria.
Codelco: la gran herencia de la nacionalización del cobre
Ya lo dije. Chile y Codelco son hoy los líderes de la industria del cobre. Esta es la mejor demostración de que la decisión tomada hace treinta años rindió los frutos esperados. Se impuso el sentido común y los intereses del país, recogiendo los signos de los tiempos. Se logró estructurar un balance ganador, en el que coexisten una Codelco estatal, pujante y competitiva, heredera de la nacionalización del cobre y de su espíritu, e inversionistas privados, chilenos y extranjeros, que han hecho una fuerte apuesta por el país y por su cobre.
Este no ha sido un balance fácil de construir. No se trata hoy de idealizar un consenso nacional en medio de la creciente tensión política de comienzos de los años 70. La decisión del país de tomar en sus manos su principal riqueza minera no estaba entonces exenta de grandes dificultades e incertidumbres.
La incertidumbre mayor era, acaso, si los técnicos, trabajadores y profesionales chilenos íbamos a ser capaces de enfrentar la magnitud de la responsabilidad asumida, dado que históricamente las grandes minas de cobre habían sido dirigidas por ejecutivos y profesionales extranjeros, los que, mayoritariamente, abandonaron el país en el momento de la nacionalización. Hoy me atrevo a afirmar que uno de los activos más importantes que nos habrá legado la nacionalización del cobre es que nos obligó a generar una masa crítica de trabajadores, técnicos y ejecutivos. Un capital humano, una "inteligencia empresarial", sin la cual sería imposible haber alcanzado la posición de privilegio que hoy detentamos en la industria.
Pero no faltaron quienes quisieron aprovechar ésta y otras circunstancias para intentar revertir la nacionalización. Dichos intentos no fueron del todo exitosos, pero lograron frenar el ritmo de expansión de la minería estatal y crear las condiciones para el retorno de la inversión privada a la gran minería. Como contrapartida, se generó una institucionalidad que protegió la permanencia en manos del Estado de los yacimientos nacionalizados, una de cuyas principales expresiones fue la creación formal de Codelco, en abril de 1976. Codelco se transforma así en la continuadora legal de las empresas que habían sido las propietarias de los yacimientos ya aludidos y, por ende, en la heredera de la nacionalización del cobre.
Con orgullo, como trabajador y Presidente de Codelco, puedo afirmar que ella es hoy una gran empresa al servicio de todos los chilenos. No sólo es la mayor productora, sino que es una de las que tiene más bajos costos y es la más rentable. Está en la vanguardia en geología y exploraciones, al igual que en el uso y desarrollo de tecnología. Su influencia en las principales instancias de coordinación y cooperación de la industria es creciente.
La buena gestión y competitividad de Codelco es hoy reconocida incluso por algunos de los más acérrimos partidarios de su privatización. Los trabajadores, profesionales y ejecutivos chilenos hemos demostrado ser capaces de administrar Codelco tanto o más eficientemente que las empresas más exitosas de la industria.
Por eso, denunciamos la irresponsabilidad y frivolidad con que algunos, desde las más variadas trincheras, intentan descalificar la gestión de Codelco y de sus trabajadores, en la mayoría de los casos por el sólo hecho de ser una empresa de propiedad estatal.
Codelco es hoy el mejor negocio que tiene Chile.
En los últimos veintisiete años le aportó al Fisco, en moneda constante, el equivalente a casi US$ 28 mil millones de dólares, vale decir, un promedio de US$ 1000 millones al año. Con estos US$ 1000 millones, se financia anualmente, un quinto de todo el gasto social en salud, vivienda y educación. Este aporte es igual también a alrededor del 60% de todo lo que el Fisco ha recaudado anualmente, por concepto de impuesto de primera categoría – el impuesto a la renta pagado por todas las empresas mineras y no mineras, nacionales y extranjeras que tributan en el país – durante el último quinquenio.
Por otra parte, entre los años 1994 y 2000 Codelco aportó más de US$ 6000 millones al Fisco - alrededor de 10 veces lo que pagó la gran minería privada por tonelada producida - por concepto de impuestos de primera categoría y adicional. Esta comparación no pretende menoscabar el aporte de la gran minería privada, pero sí llamar la atención a la diferencia que resulta como consecuencia, fundamentalmente, del hecho de que como el Estado es dueño del 100% de Codelco, capta íntegramente la renta asociada a la explotación del importante recurso no renovable de que es dueño. Naturalmente, en el caso del resto de la industria, y dado el régimen tributario chileno, esa renta es captada en su mayor parte por el inversionista privado.
El cobre: un material del siglo XXI
Desde hace décadas, agoreros de diversa laya vienen presagiando la sustitución del cobre por otros elementos y la consiguiente declinación de la industria cuprífera.
Esos presagios no se han cumplido y no existen elementos que los hagan verosímiles para las próximas décadas. El consumo mundial de cobre creció, en promedio, a un ritmo anualo de de 2,9% en los últimos 30 años, y en un 3,3% en la última década. Para apreciar su potencial de crecimiento futuro, basta con tener presente que en China e India, dos de las economías emergentes de mayor población y dinamismo, el consumo de cobre es de apenas 1,17 y 0,23 kilos por persona, comparado con algo más de 10 kilos por persona en Japón y Estados Unidos. Pero la demanda por cobre no sólo crece como consecuencia del progreso. El cobre hace posible el progreso. Así lo adelantó visionariamente Radomiro Tomic, al señalar que "contrariamente a este extraño supuesto de que el cobre perderá todo valor por el progreso científico y tecnológico, todos los estudios de mayor rigor [...] concuerdan en que el problema de la humanidad es la escasez de cobre".
En efecto, el cobre es insumo obligado de las industrias mundiales más dinámicas de este comienzo de siglo, como es el caso de la electrónica y la computación, las comunicaciones y la eficiencia energética.
Codelco: el mejor negocio de todos los chilenos
Codelco ha demostrado que es el mejor negocio que tiene Chile. Es, por tanto, un instrumento clave para avanzar más rápido hacia un desarrollo que conjugue crecimiento económico, equidad social y ampliación de la dignidad y libertad de las personas.
En esa perspectiva, y acogiendo el llamado de S.E. el Presidente de la República, cuya presencia hoy con nosotros aquí agradezco, los trabajadores, supervisores y ejecutivos de Codelco hemos construido un sólido acuerdo en torno a lo que hemos denominado el Proyecto Común de Empresa, él que busca desplegar, en forma ágil y responsable, toda la capacidad de negocios de la empresa con el propósito de maximizar, en el largo plazo, su valor económico y su aporte al Estado.
Hace pocos días firmamos, en presencia del señor Presidente, el documento que consagra los contenidos principales de dicho acuerdo. Creo que no existe en Chile una experiencia similar.
Las metas que nos hemos autoimpuesto son extraordinariamente exigentes. Nada menos que duplicar el valor económico de la compañía entre los años 2000 y 2006 y, simultáneamente, transferir al Fisco excedentes crecientes hasta alcanzar el equivalente a US$ 1.700 millones el año 2006, supuesto precios normales de largo plazo del cobre y del molibdeno.
Un acuerdo de esta naturaleza sólo es posible porque las partes que concurrimos a su firma, sin perjuicio de los roles e independencia de cada cual, estamos convencidas de que este es el único camino que permite conciliar los legítimos intereses y aspiraciones de quienes laboran en la empresa, con los intereses superiores del país y de la gran mayoría de los chilenos. También porque creemos que la cooperación, la participación y la solidaridad son ingredientes esenciales de la competitividad.
Agradezco a todos los trabajadores de Codelco y a sus familias por su apoyo y compromiso con esta desafiante iniciativa y los invitó a sumar fuerzas para hacerla realidad en beneficio propio y de todos los chilenos.
Sabemos que hay algunos a quienes asusta la perspectiva de un Codelco que busca potenciar al máximo su capacidad de creación de valor. Unos pocos son escépticos respecto de la capacidad de una empresa estatal para tomar buenas decisiones y asumir riesgos comerciales. Los resultados de los últimos años constituyen la mejor demostración de que dichas aprehensiones no se justifican. Sabemos que ello no es garantía de futuro. Tenemos que ser cautelosos, pero no podemos evitar tomar riesgos razonables porque ello es de la esencia de un negocio y Codelco es un negocio: el mejor negocio de todos los chilenos.
Otros piensan que en vez de invertir en expandir las minas en operación, o en abrir nuevas minas o en asociarse con privados en nuevos negocios, sería mejor destinar esos fondos para, por ejemplo, aumentar el gasto público en educación. Esa es una disyuntiva falsa. Codelco no recibe un solo peso del presupuesto de la nación. Por el contrario, como lo hemos demostrado, sus aportes constituyen una de las principales fuentes de financiamiento, entre otros, del gasto en educación. Lo que persigue el Proyecto Común de Empresa es justamente aumentar dichos aportes, por vía de desplegar toda la capacidad de negocios de la empresa sin recurrir para ello al apoyo o financiamiento estratal.
Con razón, un lego puede preguntarse: ¿pero, cómo financian tremendas inversiones requeridas si, simultáneamente, transfieren al Fisco todas sus utilidades? La respuesta es simple: con los fondos que genera la operación de la empresa y que no son utilidades. Por ejemplo: las depreciaciones, los aumentos de provisiones y otras reservas y las ventas de activos prescindibles. . Si dichos fondos no fueren suficientes, la diferencia habría que cubrirla con endeudamiento. Una de las fortalezas de Codelco es su bajo endeudamiento y, por tanto, no debería tener problemas para obtener estos nuevos créditos – que estimamos en un máximo de US$ 2.000 millones durante los años 2002 al 2006 - en muy buenas condiciones.
Descontados los escépticos y los legos de verdad, sólo quedan los partidarios, abiertos o encubiertos, de la privatización de Codelco. Sabemos que son una minoría, aún cuando poderosa y con gran alcance comunicacional. Pero sabemos también que éste no es un tema de la agenda país.
Entendemos más bien que nuestro desafío consiste en buscar fórmulas y crear espacios para facilitar la participación de privados en los nuevos negocios que emprenda la empresa. Ya hemos avanzado en esa dirección y lo seguiremos haciendo con decisión.
Un Codelco que capacita y prepara a sus trabajadores para enfrentar el cambio y la incertidumbre, que se preocupa por su seguridad y calidad de vida, que crece valor combinando innovación, desarrollo tecnológico y mayor producción, que fortalece su base de recursos mineros en Chile y en el exterior, que aprovecha todas las oportunidades de negocios que le brinda su posicionamiento de mercado, que desarrolla nuevos negocios con inversionistas privados, que defiende y promueve el uso del cobre, es, sin duda, garantía de mayores aportes al Fisco y de mayor bienestar y estabilidad para todos sus trabajadores y sus familias. Es, en definitiva, un instrumento eficaz al servicio de un mayor progreso, justicia social e igualdad de oportunidades.
Es lo que motiva y le da sentido al Proyecto Común de Empresa.
Esa fue la motivación que hace treinta años permitió aunar voluntades detrás de la nacionalización del cobre.
Señoras y señores, Chile no sólo es conocido en el mundo por su cobre sino que también, y muy especialmente, por su poesía. Hoy, junto con celebrar los treinta años de la nacionalización del cobre no podemos sino recordar que también se cumplen 30 años desde que Pablo Neruda, uno de nuestros más grandes poetas y embajadores, fuera galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Por eso que mejor que terminar esta intervención citando algunos versos de su ODA AL COBRE
De los cerros abruptos, de la altura verde, saldrá el cobre de Chile, la cosecha más dura de mi pueblo, la corola incendiada, irradiando la vida y no la muerte, propagando la espiga y no la sangre, dando a todos los pueblos nuestro amor desenterrado, nuestra montaña verde que al contacto de la vida y el viento se transforma en corazón sangrante, en piedra roja.
¡GRACIAS COBRE NUESTRO!
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